Hundido de Armallones

La voz árabe "Ar-Mayyan" (Armallón-Armallones) significa Sal o Salinas.

Estamos ante una de las rutas más atractivas y espectaculares que se pueden realizar hoy en día dentro del mismo Parque Natural del Alto Tajo, con la ventaja de desarrollarse exclusivamente en una pista forestal, de tráfico restringido a los guardas del parque, que recorre la orilla del río, sin apenas desnivel, sin grandes masificaciones de excursionistas y que nos ofrece unas panorámicas de belleza indescriptible sobre el río que, en este lugar, nos muestra su lado más agreste.

Desde Alcocer nos desviamos a la izquierda hacia Salmerón (CM-2015) y Villanueva de Alcorón. Poco antes de llegar a Villanueva nos volvemos a desviar a la izquierda, por la CM-2021, hacia la bella localidad de Arbeteta. Una vez dentro del Parque Natural del Alto Tajo continuamos por esta sinuosa carretera, estrecha pero llena de miradores, hasta llegar a Ocentejo.

Cada estación tiene su encanto aunque es muy recomendable en Otoño y en Primavera.
En 4 horas tenemos la ruta terminada (dependiendo de la estación y el tiempo que destinemos al almuerzo y al baño). Su distancia es de unos 10 kilómetros de ida y vuelta, con una dificultar baja.
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Comenzamos en la pequeña y deliciosa localidad de Ocentejo que debe su nombre al río, "Hoz en Tajo" (Oz en Texo, en castellano antiguo), y toda su actividad, ganadera y agrícola, está enfocada al mismo.

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Conviene ir bien abastecidos a priori de todos los alimentos, bebidas y enseres necesarios para realizar la excursión, incluida la gasolina.

De la misma entrada a la población parte una pista señalizada que conduce, sin posibilidad de pérdida, al paraje natural conocido como el Hundido de Armallones. Sin desmerecer a ninguna otra ruta alternativa, es ésta la más adecuada para poder ver este accidente geológico en todo su esplendor, no sólo por la facilidad de su acceso, sino porque la pista discurre, paralela al cauce del río Tajo, con la suficiente altura como para disfrutar del paisaje sin que nos estorbe la densa masa forestal que nos circunda y sin tener que salvar grandes desniveles en el camino.

A un kilómetro del inicio, la ruta se divide en dos y tomamos la de la izquierda. Hasta aquí el camino discurre por la Vega del Arroyo de Ocentejo, que se abre a través del Barranco de la Hoz. Poco a poco, vamos dejando atrás los pequeños huertos rodeados de nogueras, chopos y álamos. Mientras ascendemos, el bosque mediterráneo va ganando presencia y comienzan a aparecer pinos silvestres, carrascas, enebros, árboles de boj, tejos, tilos, avellanos, olmos, madroños, escaramujos, jaras pringosas, gayubas, zarzas y los escasísimos acebos.

En seguida descendemos entre el rumor de las aguas producidas por los rápidos hasta llegar al nivel del cauce del gran Río Tajo. Las pozas de agua surgen remansadas entre los enormes peñascos de caliza caídos de las alturas, mientras la nutria europea, las bogas, los cachuelos, los barbos y las truchas arco iris aprovechan estas pausas fluviales para deslizarse por sus cristalinas aguas. De entre los farallones surgen continuamente buitres leonados y águilas-azor perdiceras que con su majestuosidad surcan los cielos encarándose con descaro a cualquier ser vivo que se le ocurra corretear entre la espesura o sobrevolar estos parajes. Poco a poco, se va abriendo la hoz hasta que nos permite vislumbrar el impresionante cañón en todo su esplendor.


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Según las crónicas escritas en castellano antiguo fue en el Siglo XVI y tras un fuerte temporal cuando se desprendió una enorme masa de piedra caliza sobre la hoz que el Tajo había tallado en la roca. Este desprendimiento produjo un colapso en el cauce del río, que se prolongó a lo largo de una semana, hasta que la fuerza desmesurada del agua volvió a abrir una ruta nueva a través del barranco.

Cuenta la leyenda que el hundimiento secó el cauce del Tajo durante siete días en los que los vecinos pudieron atrapar las truchas con sus propias manos. Existe una versión, nada probable, que cuenta que el Hundimiento se produjo como consecuencia del temblor de tierra que, en el año 1.755, arrasó la ciudad de Lisboa. Sin bien es cierto que, geológicamente, los dos terrenos pertenecen a la misma placa tectónica, no menos cierto es que este temblor se produjo un siglo más tarde de lo que nos cuentan los cronistas de la época y, en territorio español, que se sepa, el temblor sólo afectó mínimamente a Salamanca.
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Continuamos, río arriba, entre acantilados, covachas, farallones y lugares con nombres sugerentes llenos de leyendas, mitos y sucesos reales: La Tabla de los Moros, la Cuesta de los Muertos, los Ojos de las Carquimas, el Refugio de los Maquis... hasta llegar a la Mina de la Inesperada, una antigua explotación ya abandonada que aprovechaba la sal gema sobrante de las rocas calizas. En su día, esta sal fue una valiosísima fuente de vida de los escasos habitantes de estos parajes .

Desde que las salinas cayeron en desuso y el hombre deshabitó las rústicas instalaciones, los gatos monteses, los tejones, los corzos, los ciervos y los jabalíes se adueñaron de este paraje natural y, de vez en cuando, se dejan ver por La Inesperada cuando bajan a lamer la sal gema que tanto les gusta.

Una vez llegados a este punto, la pista concluye y debemos regresar sobre nuestros pasos hasta Ocentejo.
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Si queremos continuar un poco más con nuestro paseo, podemos tomar la senda que dejamos al comienzo, nada más salir de Ocentejo, que nos conduce entre los pequeños cultivos hortícolas hasta un viejo molino de agua, conocido como El Molino de Batán, perfectamente restaurado y conservado que, en tiempos, nutría de energía eléctrica a la población. Junto a él, un tranquilo Río Tajo y los restos de un puente de piedra que las tropas napoleónicas - el famoso Mambrú que se fue a la guerra - mandaron volar, cortando así el único paso existente entre las localidades de Ocentejo y Armallones.

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Información rescatada de @ Óscar Quirós Romero.

1 comentario:

Manuel Jesús dijo...

¡Gracias por mostrar uno más de los maravillosos rincones naturales de Guadalajara, ¡esa desconocida!