Barranco de la Hoz

El barranco es un devenir de curvas y recodos cincelados por el tiempo, es una verdadera armonía de hoces con paredes verticales que llegan a alcanzar hasta 150 metros de altura con cuerpos de piedra rodeno (areniscas rojas), en las que la erosión ha jugado hasta esculpir curiosas y caprichosas formas completando una imaginaria "ciudad encantada".

A la entrada de este impresionante desfiladero, es de obligada visita la "Cueva de las Herraduras", con extraños símbolos grabados sobre el suelo, que para muchos tienen un significado religioso. Otro de los símbolos de este entorno es la roca de "la Virgen", denominada así a una maravillosa silueta natural representando a María. Otra roca con encanto se encuentra a la izquierda de la margen del río y que denominan "el Rey", voluminosa peña que imagina un monarca coronado;... y de nuevo en la orilla derecha, se alzan el "Huso" y la "Tinaja" , formaciones de conglomerados semejando estas figuras. Son múltiples las formaciones dignas de mención, como la "Corbetera", la "Visera", sombra y monolito sobre el santuario; el "Aljibe", etc.

Torete (966 m.), es el centro de este ramal del "Parque Natural del Alto Tajo", más abajo de la confluencia del Gallo y el Bullones, es rosa de primavera, aliento entre laderas de epopeya y bordados de bosques, refugio de pescadores, capricho del valle con una arquitectura popular y centro de un entorno de paisajes naturales y recurso de excursionistas.

A partir de Torete, lo angosto discurre a través del Lías, las montañas rodeando con sus calizas dolomíticas del Cretácico, con panoramas escarpados, ruiniformes, casi siempre grandiosos y siempre bellos.

En el serpentear del río, en rincón bucólico, se puede vislumbrar una necrópolis del periodo de Hallstatt (sin estudiar) y presidiendo en el alto del cerro Cuevas Labradas (1054 m.) con su iglesia de sencilla fundación medieval.

Hacia el horizonte se disipa en un mar verde - azul abrazándose al Gallo-Tajo que poco más abajo se unirán en el lugar conocido como "Las Juntas", en el Puente San Pedro, cuyo trayecto más corto para llegar y de forma más cómoda es siguiendo la carretera de Corduente hacia Zaorejas.

Hay en toda la zona una capa de monte bajo, gris y esmeralda; una fragancia del respirar vegetal, un vergel que une a las Sexmas del Sabinar y la Sierra: desde Torremocha del Pinar a Corduente y Torete, conserva una selva de pinos pinaster con sus gruesas cortezas de pizarras y su abundante ramaje surgiendo del tercio superior del árbol, acompañados de otras especies como las gayubas y los níscalos.

Desde Ventosa a Cuevas Labradas y a Lebrancón, el pinaster se asocia al pino silvestre y al roble y como rellenando el todo de esta parcela del Señorío de Molina, el boj y la prehistórica sabina.

Acariciando al río, en paralelo ambos con el camino, un séquito de choperas desde Molina al Tajo, una procesión de tilos, sauces y pinos que en el ensanchamiento del lugar elegido se entremezclan, se potencian, se extienden por las laderas y hacen sustancia y cuerpo, vega, montaña y piedra.




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En el cobijo peregrino, allí donde el espacio es mayor, murallones de conglomerados granates abren su seno en lo bravío del desfiladero; los árboles prolongándose en inverosímiles posturas, la hierba engendrando aroma, las flores silvestres y zarzamoras creando églogas por el sotobosque, el sol forjando destellos y en las noches claras entre rincones y laderas un espejo plateado de lunas y estrellas.

La estatua de Nuestra Señora de la Hoz, es para muchos autores, una pieza de gran antigüedad y valor; y la remontan a la época romana o visigótica. En el año 1129, Alfonso I de Aragón, conocido como el "Batallador" conquistó Molina y su Tierra. Entre los años 1139-1150 se formó en estas tierras un Estado Independiente bajo el gobierno de D. Manrique de Lara y su esposa Dña. Ermesenda de Narbona. Fue en el rayar de estos años cuando se cuenta que debió ocurrir el sublime milagro.

" Ocurrió un día de aquellos años de la primavera molinesa, era cuando el horizonte de la historia se confundía con el ocaso de la leyenda; un vaquero de Ventosa, perdió una mañana una vaca de su rebaño, presto salió en su búsqueda introduciéndose en el espesor del bosque, allí, le sorprendió la noche en lo más abrupto del desfiladero, la inquietud imperó, el temor se apoderó del zagal, hasta que de pronto, de tres pequeñas apófisis que sobresalían de una gran roca surgió un gran resplandor, una luz divina que cegó sus humanos ojos e iluminó la ya adulta noche; acercóse el pastor y con gran asombro descubrió que inmóvil la res, se encontraba bajo la imagen de la Virgen, que sobre un pedestal natural quiso salir de su refugio para gozo del vaquero y suerte del entonces significado Señorío de Molina. Al amanecer, fue el de Ventosa a narrar lo sucedido, pero en la aldea ya conocían los hechos ya que otro pastor del pueblo, que había pernoctado cerca del sitio de los acontecimientos, vio cuanto sucedió. Pronto el milagro se explicó por los pueblos comarcanos, naciendo un amor y devoción por este rincón que desde entonces será venerado por los molineses para siempre".

La talla de la imagen fue llevada a su antiguo templo que según unos era el de San Martín y según otros el de San Miguel, iglesia que desapareció en el año 1924.

Sigue diciendo la tradición que por mandato del Concejo de Molina y por deseo de los fieles molineses, se dio lugar a la traslación con la mayor solemnidad colocando la estatua en la iglesia de San Martín (también se dice en la iglesia de Santa María de San Gil o en la de San Miguel).

Trasladada la talla quedó en Molina aquella noche, pero al día siguiente con gran asombro observaron los feligreses que ya no se encontraba allí, ya que milagrosamente se hallaba de nuevo en el rincón de la aparición. Llevada por segunda vez y colocada en la misma iglesia, la imagen fue velada con el mayor sigilo durante aquella noche, pero de nuevo desapareció para tornar al lugar milagroso.




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Estos hechos, llevaron a que los primeros señores de Molina abriesen una vereda y limpiasen la anchura del barranco de malezas y otras hierbas, para poder construir allí una ermita que se llamó entonces de Santa Maria de Molina, para poder en ella meditar y rogar. Desde entonces los peregrinos del Señorío así como de Aragón y Castilla vinieron y vienen a venerar y orar a la Madre de Dios.

El Santuario de Santa María de Molina, que así se llamó en el siglo XI, aparece documentalmente por primera vez en el año 1168. Más tarde, en 1172 D. Pedro Manrique cambia el cenobio por la mitad de la villa de Beteta al obispo Joscelmo de Sigüenza. En 1176, el mencionado D. Pedro Manrique, hace al lugar unas donaciones de dos molinos que hay bajo el puente que está sobre su palacio, para que sirviese de mantenimiento a la Casa. En 1195, el segundo Señor Molinés, confirma el anterior cambio de la mitad de Beteta por Santa María de Molina. En 1197, el obispo seguntino D. Rodrigo escribe sobre los nombramientos de capellanes de Santa Maria de la Hoz de Molina, documento que por primera vez denomina al santuario de esta forma. El Prelado nombró como capellanes a los sacerdotes Bernardo v Guillermo.

En el año 1230, el tercer señor molinés, D. Gonzalo Pérez y su mujer Dña. Sancha, regalan a la Hoz, los molinos de Entrambasaguas, aumentando las rentas para poder celebrar el culto.
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Una serie de acontecimientos socio-económicos de la época, añadidos a serios asuntos internos de Ovila, llevaron a que poco a poco se fuera abandonando este rincón del Gallo.

Alejandro VI, concedió a D. Fernando la administración de la casa, la ermita, y las rentas, limosnas, legados y emolumentos que pertenecieron a esta fundación por diversos títulos. La muerte de Alejandro VI paralizó de momento tan magna obra, pero poco más tarde su sucesor, el Papa Tulio II, confirmó en un documento el de su antecesor.

Se nombró primer "Patrón" de la Hoz a D. Fernando, quien pronto hizo renacer las romerías e incrementó el número de visitantes al rincón sagrado y por ello pensó en crear una Capellanía para que se diera culto en el santuario. La Capellanía se fundó en 1546 y fue su capellán D. Andrés Pérez.

Tras las Leyes de Mendizabal, se suprime el patronato y el obispo de Sigüenza tuvo que nombrar una "Junta de Administración" constituida por el arcipreste de Molina, el párroco de Ventosa, un tesorero, un capellán del santuario y el sucesor del patronato de Burgos. Al morir éste, el obispo D. Carlos Ramírez de Arellano, formó otro patronato con el cura de la extinguida iglesia de San Miguel de Molina, el arcipreste de Molina, el párroco de Ventosa.

Incrustado bajo una enorme masa rocosa, como San Juan de la Peña y otros monasterios del mismo tiempo, se encuentra el Santuario de la Hoz, en su conjunto de arquitectura gótico -renacentista con fuertes rasgos rurales.

Desde la plazoleta exterior, descanso del Gallo, se introduce el peregrino hacia la iglesia, por un arco de medio punto coronado por dos conocidas décimas dedicadas a María, más adentro, una amplia escalinata nos conduce a la entrada del templo cuya puerta principal, es de estilo gótico primitivo (siglo XIII) sobre su ojiva hay una inscripción en caracteres del mismo estilo bajo un escudo, que representa un águila.

El interior de una sola nave, tiene bellas bóvedas ojivales denunciando claramente en sus arcos y nervaturas una falta de simetría debido a la ampliación efectuada en el siglo XVI, hecho que se incrementa en la antigua capilla. Los arcos fajones en su crucería representan los escudos del Concejo y del Señorío de Molina.

Ingresando en el templo, se aprecia una ventana que da a la roca en la que está incrustada la pared interior de la iglesia y que sirve para señalar el punto exacto en el que estuvo el escenario, según la tradición, de la aparición de la Virgen a los zagales de Ventosa.

El altar mayor, es un magnífico retablo dorado barroco de comienzos del siglo XVIII. En este altar se encuentra la talla de la imagen; se trata de una estatua de madera, todo su busto escultura entero, de excelente calidad; el ropaje está formado en el mismo relieve y pintado. El rostro de la Virgen y el Niño son morenos y tienen señales de haber estado encajados en alguna silla o retablo. Se trata de una talla románica del siglo XII, hierática, entronizada como asiento de la divinidad; el divino niño lleva en su mano izquierda un pomo.

Desde el presbiterio, en panorámica desde la sacristía, se aprecian dos altares, (entre la reja y el altar mayor), que son dedicados a la Purísima y a Santa Teresa, ambos coronados hacia lo alto, por bóvedas de las que penden de cautivos liberados de África, como es el caso de las que según la tradición, llevó Pedro Abad en Argel. A los lados del presbiterio, están adosados dos cuadros que representan las rogativas de los vecinos de Tierzo y los de Molina respectivamente.

Fuera de las rejas del presbiterio, a derecha e izquierda de la puerta principal de entrada al templo, existen dos altares consagrados a San Blas obispo y mártir y a San Antonio. El altar de San Antonio, se construyó en el antiguo altar de Santa Ana, que fue ordenado construir por Martín Cortés, tapicero mayor de la Emperatriz de Austria, Dña. María, hermana de Felipe II. Quedan como testimonio de aquel de Santa Ana, dos retratos de bella factura sobre tabla con personajes de los años del monarca citado, el uno y el otro representan una mujer enlutada orando. Esta tabla posiblemente fue pintada a finales del siglo XVI, indicando la sepultura del que allí aparece retratado.
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El altar de Santa Teresa posee un precioso cuadro al óleo de la Virgen de Avila, posiblemente donado por la familia de los Rivas. Detrás del altar principal está la sacristía por la que se accede, a través de una escalera del siglo XIX, a dos habitaciones que sirven de entrada al camerín de la Virgen. En las paredes de estas habitaciones penden numerosos motivos de agradecimiento y exvotos de cera, así como la Bula que S.S. Clemente VIII dió a los miembros de la "Cofradía de Esclavitud de Nuestra Señora de la Hoz", en febrero de 1602. Esta cofradía se extinguió en el siglo XVIII.

En el exterior del templo, existen otros edificios que con él, forman un patio interior; conjunto con gran mérito arquitectónico e inapreciable valor paisajístico: la parra cariñosamente abrazando el oratorio; las flores engendrando ramas de amor; el agua de la fuente en canción eterna; la poesía imaginando vergel del cielo, la roca siendo techo y cobijo, y el silencio de la meditación inundando al pensamiento abarcando el todo.


En el siglo XVI, en la reforma que realizó Fernando de Burgos, se construyó la casa del santero con una sola planta, a la que se entra por puerta con arco de medio punto que recuerda un sabor románico y que guarda armonía con la ermita. También se construyó en esta época una "hospedería" para los peregrinos y ermitaños, hoy muy modificada, por posteriores reconstrucciones no muy bien logradas; aún deja ver en las paredes del patio y en habitaciones de la planta baja, numerosas decoraciones platerescas en yeso, con detalles arquitectónicos y ornamentales del siglo XVI, algunos grotescos, el escudo del Cabildo Eclesiástico y un delicioso friso esgrafiado en yeso, con escenas bíblicas, mitológicas y de caza, típicos del renacimiento.